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viernes, 27 de junio de 2008

El presente es lo único que hay...

Cierra los ojos. El Universo se apaga, muere. Abre los ojos: vive. Todo fue una pesadilla; segundos después no recuerda nada.
- ¿Dónde estabas? ¿Qué hiciste?
- No lo sé, no recuerdo.
- Un lavado de cerebro.

sábado, 14 de junio de 2008

La respuesta está en el tiempo igual que el invierno...

En verdad tenía una mejor manera para ir a la cama. O quizá fue ese detalle el que la dejó pensando en todas las posibilidades. Fuera como fuera ahora estaba dormida y callada.
Frida le había dicho que era demasiado pequeña para entender las “cosas”, que el significado de las “cosas” dependía de la visión de cada quién, pero esa noche no iba a pasar horas haciéndola entender. Ella primero se carcajeo. Al rato pensó que, sin saber de qué “cosas” hablaba, su hermana menor tenía razón.
En aquel momento sintió las ganas de lastimarse. Hace un tiempo adquirió una maña ¿extraña?: ante un dolor emocional deseaba provocarse uno físico, saber que existía y podía sufrir un poco más (cabe aclarar: el dolor físico consistía en estirar sus músculos lo más posible, sentir los huesos y la piel). No hizo nada, estuvo quieta y sólo apretándose el pulgar. Estaba loca. No había mejor motivo. Cualquier gente buscaría otro remedio.
Mañana llegará a su cabeza Mailer: “Hay una ley de vida, cruel y exacta, que afirma que uno debe crecer o, en caso contrario, pagar más por seguir siendo el mismo”. Entonces sabrá, entre dolida y esperanzada, que debe decidir –como todos– su jugada.
Sí, despertó y decidió que, aún con las ganas de reconstruir algunas “cosas”, se quedaría con lo que en verdad tenía, con lo que no se derrumbó. Odió mirar y darse cuenta de cómo alguna clase de personas van diciendo las mismas palabras a todas las demás. Y no, no importa nada, sólo odió mirar y la odió un poco y la quiso menos…
Crecerá.

jueves, 12 de junio de 2008

Before you know It you're frozen...

Así, con noche hasta la garganta, se enfrentó por segunda vez a la verdad. Pero ¿qué es la verdad? Acurrucó la cabeza entre las dos almohadas, un pie sobre el otro y, acomodo el cuerpo sobre el lado izquierdo, corrió la primera y última lágrima antes de dormir. Tenía miedo; se sentía estúpida, esa clase de estupidez que desalienta, que tira y pisotea, que te da una patada entre las costillas y te deja vomitando sangre. Ahora, como no pudo hacerlo antes, comprendía los consejos y recomendaciones; las caras asustadas de sus amigos cuando ella contaba plácidamente la situación. Hoy, de noche, estaba sola y conteniendo sus ganas de gritar.
No concluyó el monólogo previo a dormir. Ella sólo se quedó muda, esperó dormir. Previo: sintió vergüenza por sí, por su capacidad de reducir el mundo, de acortar las distancias, de decir tantas tonterías y, lo peor, vivirlas. Aunque ahora, pensó, las cosas… madurar (no halló conexión que usar).
Sin embargo, pese a saberse estúpida, sonrío. A duras penas las comisuras de sus labios estiraron, los pómulos no alcanzaron el tamaño regular. En serio, estaba triste y procuraba que no, pero sin saber cómo (ambas habían prometido no alcanzar esos niveles) todo estaba así, así como esta noche.