viernes, 2 de abril de 2010

Día 2

Me gustaba mucho lo qué hacías, quién eras, me gustaba todo de ti. Bueno no todo, pero de algún modo extraño respetaba lo que no. Sí, está bien, voy a confesarlo, hubo un tiempo en que quise cambiarte porque eras todo lo que yo deseaba y temía.

Hasta esos días, yo no tenía la fuerza suficiente para hacer lo que realmente deseaba. Sin embargo, tú decidiste terminar lo que no querías y hacer las cosas que deseabas sin pensar en más. Aún hoy puedo ver cómo salen de tu corazón partituras y, si guardo silencio escucho el transcurrir de la sangre por tus venas en una bella sinfonía.

Eras paciente, vaya que lo eras. Yo una desenfrenada.

Eras importante porque no sólo existías sino porque pensaba en ti, incluso antes de hacerlo.

Pero lejos de todo, aprendí algo: las personas que trascienden, aún a pesar de nuestras propias expectativas y deseos, son aquellas de las que no debemos alejarnos; sin embargo, debemos aprender a vivir sin ellas.

Lo logré. Ya no tengo 23.

jueves, 1 de abril de 2010

Mis 23 y poco más...

Me he propuesto escribir un diario de mis sensaciones. Hoy medité sobre qué sería de mí en un par de años, cómo (probablemente) vería este momento de mi vida y el resultado fue así:

"nuestras vidas empiezan a morir el día que callamos
cosas que son verdaderamente importantes..."
M.L.K.

Crecí con la imponente capacidad de no saber cómo decir las cosas. Sin embargo, con el paso del tiempo, también llegue a perder la claridad del sentimiento que se transforma en pensamiento y luego en palabra.

A los 23 años hablaba poco, realmente casi nada; sobre todo si se trataba de mí y las percepciones que tenía del mundo de entonces. En esos días mi corazón se sostenía con un pequeño hilo, tan delgado y ligero que pude ahorcarme con él y terminar degollada delicadamente.

Hacía tres, ya casi cuatro años, que había conocido la locura de un amor producto de la globalización o, cuando menos, de la sociedad de la información. Leí a María José en un portal de fotografías y sin saber por qué, comencé a escribirle cada día. Algo dentro de mí se conectó con algo dentro de ella. Fue mi perdición.

Creo que en ese momento, muchos de nosotros nos vimos envueltos en los resultados del desarrollo tecnológico. Fuimos de las primeras generaciones en experimentar los cambios y sus consecuencias.

Entonces las cosas sucedieron más o menos así…

Dentro de mí, una pequeña luz se mantenía viva. Por primera vez aceptaba que no sabía a dónde iba, ni cómo llegaría; reconocía mi inconstancia y el poco amor que me tenía. Aleje muchas personas de mi vida, incluso mientras crecía, pero la que más me dolió fue ella.

Durante días dormitaba apenas y sin saber por qué, escuchaba dentro de mí su voz suave agitarse hasta crear una tormenta; su rostro blanco se sonrojaba y entristecía. Nada pude hacer mientras destrozaba nuestro sueño.

Años más tarde seguiría aferrada a ese sueño, destrozando otros. Yo no lo sabía.

domingo, 28 de marzo de 2010

Sin sentido

Y no sé qué voy a hacer contigo en mi vida. ¿Dónde te acomodo? Vamos, que sé que te puedo apreciar, que me puedo sonrojar (justo como cuando me miras), pero de eso no va la vida. La vida va mucho más allá, va de amar, de romperte el alma y el corazón, de que se te va el aire, de que no te queda nada si de pronto, en un instante, miras a una persona y descubres lo que hace mucho habías olvidado: que vale la pena vivir, que no importa qué o cuánto sea ese momento, lo entiendes todo; que vale la pena vivir sólo por mirarle y amarle desde el fondo, con cada pliegue, con cada hueco, con cada vello. Lo entiendes todo. O cuando menos, ya no preguntas nada.
Hace mucho que se me fue la cabeza y los pies también; mucho tiempo que no voy en sintonía con este mundo, que no tengo espacio. Hasta un desliz me sabe mal y actúo justo como las personas que critico. ¿Ves? Ya no sé de qué va este momento de mi vida y aún así tú insistes en quedarte conmigo y me divierte, pero no debe divertirme, debe arrancarme el alma, debe dejarme sin aliento.
Mientras tú, que lo sabes y me miras, te me pones enfrente y me das cada dos semanas, dos semanas más para que lo piense. Esperas que decida quedarme contigo. Yo no decido nada y otras dos semanas más. No es justo. No es justo, pero me gusta jugar aunque te rompa el corazón y tú no logres colocar al mío.

martes, 2 de marzo de 2010

Mi primero de marzo

Ha pasado bastante tiempo, o al menos así lo siento yo, desde que escribí la última cosa-crónica de mi vida. Todo lo que saltaba de mí, incluso ahora, son versos mal dichos o mal expresados. Pero hoy estoy aquí para contar mi primero de marzo de este año 2010.
Reuslta que la gente se sigue muriendo sin avisar, que no hay oportunidad para los sensibles y sinceros, pero si para los buitres que esperan un momento de reflectores. Murió Carlos Montemayor y entre lágrimas de sus cercanos, claro, como cuando muere todo personaje importante, hubo algunos que aprovecharon la ocasión para brillar (como dice mi madre) en sociedad.
A Montemayor lo vi en 2008 cuando se realizó el III Festival de poesía en Lenguas Indígenas. Me pareció más bien un ser de esos que gozan el reconocimiento. Amable a su estilo. Propio. Y quizá, por la gente que hay en su alrededor, no me generó más.
El asunto es que la muerte anunciaba que me iba a cambiar de casa. [Ojo: no menosprecio su muerte, me parece muy inesperada (como todas), pero más porque la gente de letras, música y artes siempre tiene mucho qué hacer y decir]. Regresando al punto. Sí, me fui a vivir fuera de casa de mi abuelo y padres. Tomé mis pocas cosas y, por circunstancias, me vine al sur de la Ciudad de México a vivir con una compañera de trabajo.
Ayer cenamos pasta y bebimos vino. Hoy calentamos agua en la estufa-parrilla. Nos augura un buen futuro nuestro modo rustíco de vida. La situación es circunstancial. Y como yo no pienso mucho las cosas, pues aquí estoy durmiendo en el piso e intentando sobrevivir.